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viernes, 19 de noviembre de 2010

capitulo 20

Estaba asustada, mucho.
Le miré, con temor. Temor a que volviera a encarcelarme, temor a volver a aquella horrible celda donde me encontraba más sola que nadie.
Me miró, de arriba abajo, y finalmente, se detuvo en mis ojos.
Su cara no tenía ninguna expresión. Felicidad, tristeza, admiración, odio… nada. La primera vez que veía una cara humana sin expresión.
Volví a sentir aquel horrible miedo que me invadía de nuevo.
No dijo ni una sola palabra, simplemente se dispuso a mirarme. Aquel silencio estaba resultando ser un tanto incomodo.
Finalmente, se decidió por hablar. Temí. Temí que dijera: ¿Cómo has conseguido escapar? No deberías haberlo echo, verás cuando lord William se entere. No saldrás viva de esta…
Los pelos del brazo se me erizaron cuando me imaginé aquellas palabras brotando de la boca de Albert.
-La verdad es que, no te queda nada mal mi sudadera. Para nada.- sus palabras me sorprendieron. Me quedé sin habla. Sin saber que responder.
-Yo… ehh…- intenté pronunciar, sin saber con exactitud que decir.- Bueno… gracias.- opté por lo mas sencillo.
-¿Cómo has conseguido escapar?- pronunció aquellas palabras que tanto temor me causaban. No contesté, y esperé a que continuara con la frase. No lo hizo. Al parecer, había terminado.
-Emm… Bueno… yo…- Hice un enorme esfuerzo para que las palabra salieran de mi boca. Estaba demasiado asustada.- pues… es un poco largo…
-Eso.- señaló mi colgante para mi sorpresa.- lo has utilizado ¿no? Escuché a lord William decir que tenía un gran poder. Pero que por desgracia, lo poseía una niñata como tú. Que eso debería ser suyo.- su cara seguía sin expresión.
Lo miré atónita, pero no respondí. Se volvió a tornar un desagradable silencio entre nosotros. Finalmente, acabó con él.
-¿Se lo vas a entregar?
Su pregunta me pillo desprevenida.
-¿Qué? No… nunca.- dije lo primero que pasó por mi mente. Lo pensé mejor.- Quiero decir… no puedo.
-¿Por qué no?
-¿Por qué me lo preguntas?
No respondió. Seguí ablando.
-Mira, si lord William te ha ordenado que vengas a quitármelo, estas perdiendo el tiempo, podéis encarcelarme, torturarme, incluso matarme. Pero de ningún modo lograreis quitármelo- dije nerviosamente, parando a coger aire.- No permitiré que lord William consiga este colgante. No, no puede. Si lo hace, ¡todos correremos peligro! ¿Es que no lo entiendes?
Dios, no se porqué razón estas con el, la verdad, es que no tengo ni idea. Ni siquiera puedo imaginármelo, ya que me parece completamente estúpido por tu parte. ¿Cómo puedes ayudar a una persona como lord William? ¿Estas mal de la cabeza? ¿Acaso no sabes lo que el pretende hacer con todos nosotros, incluso con tigo? ¿Crees, que porque estés de su parte, podrás vivir feliz y sin complicaciones? ¡ESTAS COMPLETAMENTE EQUIVOCADO!- grité, atacándole. Se dispuso a mirarme, sorprendido. No se lo esperaba. Esperé que me pegara, que me gritara, pero no hizo nada. Continuó observándome.
Tras un largo silencio, respondió.
-Si. Lo sé todo. Sé lo que lord William planea, y también se para qué quiere tu colgante.- su tono era suave, tranquilo. Algo que me sorprendió.
Su respuesta me pilló por sorpresa, no me lo esperaba. Pero lo que mas me inquietó, es que lo decía con toda la tranquilidad del mundo. Como si lo que el hacia, fuera algo normal.
-¿Y? ¿Te parece algo normal? No te entiendo. ¡Estas loco! ¡Completamente loco! No entiendo como una persona tan joven como tú, puede arruinarse la vida de tal forma. No me cabe en la cabeza. En conclusión. ¡Eres estúpido!- grité de impotencia. Unas enormes ganas de llorar me invadieron, pero las contuve, haciendo un gran esfuerzo.
Finalmente, la expresión de Albert se tornó, y se volvió más triste.
-Si… Tienes razón… Me he arruinado la vida…- susurró para mi sorpresa.- Pero… ¡No tenia otra opción! ¡Tú eres la que no lo entiendes! Si hubieras estado en mi lugar, tu también lo hubieras echo...- ahora era él quien me gritaba. No comprendía ninguna de sus palabras.- mi hermano… mi hermano…- susurró muy bajito.
-¿Qué sucedió? ¿Qué ocurre con tu hermano?
-Déjalo. No es el lugar ni el momento para contártelo. Además, no estoy seguro de si lo entenderías…- su tono se endureció.
-Pero…- repliqué. Quería saber lo que guardaba en su interior. Necesitaba saberlo. Tal vez aquello conseguiría que me sintiera mejor. Me ayudaría a entenderle a él. A la persona de la que tan enamorada estaba.
-Pero nada.- me cortó.- Ahora, es mejor que te vallas- señaló la salida.
-¿Qué?
-Lo has oído perfectamente. Vamos, lárgate antes de que lord William se de cuenta de que no estas.
-Pero… ¿por qué? ¿Por qué me ayudas?
Se lo pensó durante unos segundos. Finalmente dijo:
-No preguntes, no hay tiempo.- Tanto misteriosismo me estaba poniendo de los nervios.
Señalé su sudadera, y sin dejarme hablar respondió:
-Quédatela. Ya te lo dije, te queda genial. Incluso mejor que a mí.- su tono se endulzo, y esta vez, mostró una sonrisa, tan perfecta, que provoco que me temblara todo el cuerpo.
Le sonreí.
-Bueno… No es para tanto. Te la devolveré. Gracias, gracias por dejarme escapar. De verdad. Pero que te quede una cosa clara, no voy a parar hasta descubrir porqué. Voy a descubrir la razón por la que te encuentras aquí, y la razón por la que has decidido ayudarme. Ayudarme oí, ya que ayer me encarcelaste…- le sonreí, y eché a correr, sin darle tiempo a responder.
No podía creer lo que me acababa de suceder. Albert, mi querido Albert, me había dejado escapar. Después de todo, no resultaba ser tan malo como yo pensaba.
Si. Estaba decidida. Iba a hacer todo lo posible por saber más de él. Y ayudarle, ayudarle a salir de ese infierno…

capitulo 19, tengo que escapar

Me senté en la cama, y me dispuse a pensar en el modo de poder utilizar el poder de la perla del aire.
Tras pasados 10 minutos, decidí colocar las manos una en frente de la otra, con la esperanza que de ellas profanara una especie de viento o algo parecido, como sucedía en las películas. No funciono.
Lo intenté durante cuatro veces, y a la quinta, me rendí. No había forma de que funcionara. Además, me sentía ridícula.
Tal vez, yo no era la persona que todos esperaban que fuese. Quizá, se habrían confundido…
Resoplé, y una pequeña lágrima asomó por uno de mis ojos.
En ese mismo instante, el colgante volvió a brillar.
Resoplé de nuevo. Por mucho que brillara, yo no tenia ni idea de que hacer con ello…
Observe como la intensidad del brillo crecía. Crecía con cada soplido mío…
-¡Si! ¡Eso es!– grité emocionada, y acto seguido me cubrí la boca. Me puse en pie corriendo, y me asome por la ventanilla. El pasillo seguía estando vacío. -Menos mal.-suspiré.
Me arrodillé, colocándome frente a la cerradura. Una cerradura poco común.
Soplé en el interior de ella, pero no sucedió nada.
En ese momento, caí en la conclusión de que el viento lo creaba con mi aliento, pero que él, por si solo, no hacia nada. ¡Debía darle forma de llave!
Sino, no podría abrir la puerta.
Coloqué las manos en posición de “pedir”. Es decir, la mano derecha sobre la mano izquierda, formando una especie de cuenco.
Soplé en el interior de éstas, y una extraña sensación las recorrió.
No veía nada, el aire que había creado era invisible, pero sabia que estaba allí ya que notaba como si algo, la hoja de un cuchillo, rozara mis palmas.
Examiné la cerradura, e imaginé como seria la llave que la abriría.
Note como el aire que contenía en mis manos, se iba transformando, hasta optar un tamaño mas pequeño, pero que seguía sin ser visible.
Moví las manos, y lance la “llave” contra la cerradura. Una especie de sonido chirriante provocó que los oídos me dolieran.
Coloqué mi mano frente a la cerradura y la giré. La llave que había creado, se giró junto con mi mano, y de esta forma, la puerta se abrió, tras un silencioso estruendo.
Orgullosa, sonreí.
Había creído en mí, y de esa forma, lo había conseguido.
Me asomé por aquel siniestro pasillo.
Agudicé mi oído, aunque no escuchaba demasiado bien, ya que el chirrido de antes me había provocado una pequeña sordera.
No se percibía nada.
Me quedé mirando, frente a la pared. La toqué. Era una pared de rocas, como la de una cueva.
Mejor dicho… Me encontraba en una cueva.
Debían de haber tardado una barbaridad en excavarla.
Me di la vuelta, y mire más allá de mi celda. El pasillo se agrandaba por allí.
Supuse que más celdas, con gente, se encontrarían allí.
Un desagradable escalofrío me recorrió. Dí gracias a que aun llevaba la sudadera de Albert, ya que hacia un frío terrible…
“Va a ser, que se queda sin sudadera…” recapacité, un poco preocupada, pensando de nuevo en él, como de costumbre…
Comencé a andar lentamente, sin ver nada, ya que el pasillo se encontraba en la penumbra.
Tras unos segundos caminando, aprecié una especie de luz blanquecina a lo lejos.
¡La salida! Si. Aquella era la puerta que daba a estas celdas subterráneas, y para mi suerte, se encontraban abiertas.
Sin pensármelo dos veces, eche a correr hacia ella.
Corrí a ciegas, ya que la única luz que yacía en aquel pasillo era la de la salida.
Cada vez iba cogiendo más velocidad. ¡Estaba contentísima! Por fin iba a salir de aquel horrible lugar.
Me encontraba a pocos metros de la salida, cuando de repente choqué con algo… y caí al suelo, por el impulso. Todo sucedió muy rápido.
Me incorporé, acariciándome la cabeza. Al caer, me la había golpeado, y la tenia dolorida.
En cuanto lo vi, me quede atónita. El miedo comenzó a invadirme de nuevo.
¡Me habían descubierto!
Con todo el esfuerzo que había hecho para poder escapar de aquí, y justo ahora que estaba a milímetros de salir, va, y aparece…

capitulo 18

Me sobresalté. Al parecer había tenido una pesadilla ya que a pesar del frío que hacia, de mi frente caían unas pequeñas gotas de sudor.
Intenté recordar que era lo que tanto temor me había causado para sobresaltarme así, pero no lo conseguí. No lograba acordarme.
Me puse en pie y miré a mí alrededor, un poco alteraba.
Tras observar la habitación durante varios minutos, recordé que me encontraba en una de las celdas del palacio.
Lo había olvidado por completo.
Me senté en la cama, rodeando las rodillas con los brazos, y comencé a llorar.
No dejaba de pensar en mi padre, en mi abuela, en mi madre, y en Layla…
Con lo feliz que era hasta hace nada, y ahora toda mi vida se había arruinado.
De vivir en una bonita casa, he pasado a estar en esta pocilga. A saber durante cuanto tiempo debía estar aquí, tal vez unas semanas, o tal vez durante el resto de mi vida, hasta morir…
Y Albert. Cada vez que pensaba en él, me daba un vuelco el estomago, y una enorme angustia recorría todo mi cuerpo.
Enterarme de que la persona de la que me había enamorado, era un ayudante de lord William… era demasiado. No estaba preparada para aquello. ¿Por qué el? ¡Con todas las personas que había en el mundo, tenia que enamorarme de él!
Ya nada tenía importancia… ¿Para que? ¿Para que luchar, y ser fuerte si aquella persona que tanto me gustaba, aquella persona que estaba convencida que seria quien me ayudaría y me apoyaría, resultaba ser aquella que hace unas horas me había encarcelado?
Ya nada merecía la pena…
Todo esto me estaba volviendo loca.
Además, no le veía mucha lógica a que Albert yaciera con lord William por su propia voluntad… ¿O tal vez si?
Tenía mis propias dudas. Pero lo que si tenia claro era, que de algún modo, debía averiguarlo.
Tal vez la respuesta fuera dura, pero no me importaba. Debía saber la verdad. La verdad sobre él.
-Un momento -grité alterada apartando todos aquellos pensamientos e introduciendo mi mano en el interior del bolso.
Si. Allí estaba mi móvil, tal y como lo había dejado el día anterior. Por suerte, aquellos dos payasos no me lo habían robado cuando me habían cogido en aquel callejón.
Una nube de esperanzas recorrió mi cuerpo.
Lo encendí, con la esperanza de poder llamar a mi madre, poder decirle donde me encontraba y así poder salir de aquí de una vez.
Busqué su número, y acto seguido pulsé el botón verde de llamada.
Mi corazón comenzó a latir velozmente.
Escuché durante unos segundos, pero nada. No se oía nada.
-¿Ma…Mamá?- tartamudee, a causa de los nervios.
Silencio.
Extrañada, miré en la pantalla del móvil, y entonces lo entendí todo: ¡No había cobertura! Solo podía hacer llamadas de emergencia, y en este momento, no me servia para nada, ya que, ¿Qué les contaría? ¿Qué estoy en un lugar mágico, al que solo se puede acceder con poderes? ¿Qué me había encerrado un tal William porque quería mi colgante, ya que con él podría gobernar el mundo?
Me tomarían por loca… Por una completa loca.
Además, no encontrarían la forma de localizarme, ya que solo podrían venir aquí si poseerían poderes, y dudo mucho que los tuvieran.
Adiós a todas mis esperanzas.
Pensé en acostarme de nuevo, pero seguidamente lo retiré. No eran más que las 5:00 de la mañana, pero ya no tenía sueño.
“Mi madre estará preocupadísima” pensé mientras comenzaba a llorar.
-Basta Annie basta.- me dije. Tengo que ser fuerte. Aquí sentada y llorando no hago nada. ¡No! No me puedo quedar de brazos cruzados. Debe de haber algo que pueda hacer.
Me dirigí hacia la puerta y me asomé por la ventanilla.
¿Y Albert? ¿Dónde se encontraba Albert?
Decidí dejar de pensar en él. Debía olvidarlo. Algo que me resultaba realmente difícil.
Y más, teniendo esta preciosa sudadera suya… Joder, otra vez lo estoy haciendo. Otra vez vuelvo a pensar en el… No se que tendrá aquel chico para que me sea tan difícil olvidarlo…
El pasillo estaba en la penumbra. No se escuchaba nada.
Había esperado encontrarme con alguien, algún guarda vigilando o algo, pero no. No había nadie.
Perfecto. Tenía vía libre. Ahora solo tenia que encontrar la forma para poder abrir aquella puerta.
Comencé a pasearme, por la habitación. Me dispuse a recapacitar, buscando alguna solución y de repente, una brillante luz blanca sobresalió de mi colgante. La miré atónita, haciendo un gran esfuerzo, ya que la luz era cegadora. Se fue amainando, hasta quedarse en un pequeño destello que provenía de una de las perlas, la del aire.
Empecé a pensar, y lo entendí.
Debía utilizar el poder del aire para poder abrir la puerta. Solo tenía que crear una especie de viento, introducirlo en el interior de la cerradura, y hacer que girara hasta que se abriera la puerta.
Pero había un problema. ¡No tenia ni idea de como se hacia eso!
En la escuela no me lo habían enseñado. Simplemente sabía cuatro cosas: mover algún que otro objeto y poco más. Pero aquello no me servia para nada…
En aquel momento, recordé las palabras de mi madre: “te enseñaran a usar parte de tus poderes en la escuela, la otra parte, la tendrás que aprender tú por tu cuenta […]”
Y eso significaba, que debía aprender a abrir la puerta por mi cuenta.
“Es imposible, no voy a ser capaz de aprender esto por mi cuenta, y en poco tiempo. Voy a tener que quedarme aquí, durante mucho tiempo…” pensé sin esperanzas.
Estaba perdida… o eso creía.

capitulo 17, encarcelada...

Después de compartir una profunda mirada, se dirigió hacia mí.
-¡Espera!- dije apartando mi mirada de Albert y dirigiéndola hacia lord William.-¡No… no… no puedes encarcelarme! ¡Por favor! Deja que me valla. ¡Yo no puedo quedarme aquí! ¡Tengo una vida, unas amigas, una familia! Ellos me necesitan! Entiéndelo por favor. Déjame marchar!
-Jajaja.- rió- ¿de verdad pretendes conmoverme y hacerme cambiar de opinión con ese ridículo discurso? Se ve que no me conoces del todo.- dijo sarcásticamente.- tu no te vas de aquí, sin antes darme el colgante.
-¡NUNCA!- chillé, y sin pensármelo eché a correr hacia la puerta. Escuché a lord William gritar para que vinieran a por mí. Justo cuando tenía la intención de abrir la puerta, alguien me agarro fuertemente de la espalda, provocando que cayéramos al suelo. Me incorporé, y vi que Albert se levantaba poniéndose en pie. Me alcé nerviosa. Me agarró, para que no volviera a escapar.
Intente soltarme, pero no hubo manera.
-Yo que tú, me quedaría quieta. Solo empeoraras las cosas. No conoces a lord William, y mejor si no lo haces.- me susurró al oído. Aquello me hizo temblar. No se si por el miedo, por la rabia, o por que él me había susurrado al oído.
Me rendí. No había forma de escapar de allí.
-Albert, llévate a la mocosa ésta. ¡Vamos!
Me agarró del brazo y me empujo junto a él.
En la puerta principal, se encontraban dos hombres, con armadura. No sé de donde habían salido, ya que hace nada, no estaban.
Se abrió la puerta a nuestro paso. La atravesamos, dejando atrás la sala del trono, y con ella, a lord William.
Aquellos guardas de la puerta nos siguieron por detrás, supongo que para asegurarse que no intentara escapar de ningún modo.
Atravesamos el comedor, y nos dirigimos pasillo adelante.
No me atreví a pronunciar ni una sola palabra, estaba dolida, y muy asustada.
Llegamos a una habitación. Era pequeña y diría que estaba vacía salvo por un enorme cuadro que yacía colgado de la pared. Al verlo, se me pusieron los pelos de punta. Tenía algo muy siniestro. En él estaba dibujado una especie de pasillo, muy oscuro, sin apenas luz. Al fondo de éste se podía distinguir una pequeña mancha blanca. No se apreciaba con claridad.
-Quédate aquí. No te muevas.- me ordenó Albert.
Le hice caso, y observé como se dirigía hacia el cuadro.
Posó su mano sobre la figura blanca que estaba dibujada, y de repente, una enorme mancha comenzó a aparecer en la pared, hasta convertirse en una puerta metálica.
-Vamos, acércate.- dijo Albert mientras hacia señas con la mano para que me acercara.
Vi que les hacia una especie de gesto con la cabeza a los dos guardias. Inmediatamente, se marcharon.
Me acerqué hacia él. Mi corazón latía demasiado fuerte. Se me mezclaban los nervios y el miedo. Procuré parecer tranquila, pero no actúo demasiado bien.
-No te agarraré, pero espero que no intentes escapar. El palacio esta rodeado de guardas. Solo tengo que gritar, y acudirán a atraparte.
-De…de acuerdo. – respondí tristemente. Tenía la esperanza de que ablandara un poquito, y me dejara escapar, pero parecia imposible…
Al lado de la puerta se encontraba una especie de pantallita pequeña. Albert posó su mano sobre ella, y después de reconocérsela, ésta se abrió.
La atravesamos. Al principio no pude visualizar nada ya que se encontraba muy oscuro.
Esperé a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Después, observé que un enorme pasillo, como una especie de cueva profunda, se encontraba frente a nosotros.
Tirité. Hacia mucho frío allí dentro.
Albert se percató de aquello, y acto seguido se quito su sudadera negra con rallas blancas, que hacia juego con sus deportivas anchas y negras.
Se quedó en manga corta. Aquella camiseta le marcaba los músculos.
“Está guapísimo”. Pensé sin darme cuenta de que me había quedado mirándole como una tonta.
-Ten.- dijo mientras me la tendía. Me miró a los ojos, y mi mirada se perdió en aquellos dos brillantes ojos…
Era tan guapo. Deseaba coger su sudadera, ponérmela, y no separarme de ella en la vida. Pero no podía. Aquello solo empeoraría mas las cosas…
Cada vez que le miraba, cada vez que me dirigía una palabra, a pesar de que fuera una como “no intentes escapar”, mi corazón se desbocaba, y eso era malo, muy malo. Representaba que cada vez me estaba enamorando más y más de él. Y eso no podía ser. No podía enamorarme de alguien que estuviera a las órdenes de lord William. No, no podía. Él era mi enemigo…
-No… no la quiero. No tengo frío.- me negué, apartando mi mirada de la suya, y pareciendo borde, algo que no dio mucho resultado, ya que de mi boca salió un fino hilo de voz.
-Si, si la quieres. Mira.- dijo señalando mi desnudo brazo.- ¿sabes que es esto? Se le llama piel de gallina, y sale cuando alguien tiene frió.
Me mordí el labio. Aquella piel de gallina me había delatado.
-¿Por qué?- pregunté
Se extrañó, pero no dijo nada
-¿Porque me dejas tu sudadera? Se supone que no soy más que una simple prisionera. No importa el frío que yo pase, lo univoque importa es que le dé este colgante a lord William, y si no lo ago, moriré. Que más da el frío que pase.
Albert se sobresalto con mis palabras…
Al ver que no contestaba, le miré. Me devolvió la mirada y se dispuso a hablar.
-Yo… Bueno… Veras…-tartamudeó- No eres una simple prisionera…- susurró muy bajito, pero tenía un oído bastante bueno, y le escuche.
-¿Qué? -Pregunté extrañada al oírlo.
-Na…nada.- apartó su mirada de la mía. Seguí mirándole, y observé como se sonrojaba.- Mira, si la quieres, cógela, y si no, peor para ti. Dentro de la celda, hace mucho más frío que aquí. – su voz cambió, pareciendo mas dura.
Todo aquello me confundió. Cuando le dije que iba a morir de todos modos, esperaba una respuesta como: Si, es verdad, o algo por el estilo. Pero no. El comenzó a tartamudear, y me habló amablemente…
Aunque, aquello no duró mucho, ya que su voz se acababa de tornar un tanto seca.
Opté por aceptarla. La verdad, es que estaba helada.
-Gra…gracias.- respondí.
Le miré, y me dio la impresión de que una pequeña sonrisa, asomaba por su rostro. Pero no estaba del todo segura, ya que después, volví a ver su serio rostro.
Me la puse. El frío desapareció.
Aquella sudadera desprendía un olor tan… reconfortable.
No volvió a dirigirme la palabra hasta que llegamos a una puerta.
-Es aquí.-Exclamó de nuevo con aquel persuasivo y seco tono de voz, mientras se disponía a abrir la puerta. En La parte de arriba de ésta, se encontraba una pequeña ventana con barrotes.
Me indicó que entrara. Le miré, suplicando que no lo hiciera, que me dejara marchar.
Yo no era más que una chica de 15 años. ¡Mi vida no podía acabarse en una horrible celda! No me lo merezco…
Me devolvió la mirada. Una mirada llena de lastima. Si, sentía lastima hacia mí.
No pronunció palabra, simplemente, se dispuso a mirarme, con aquellos ojos que provocaban que mi corazón latiera cada vez mas y mas fuerte.
Nada. No había forma de que me dejara marchar, y bueno, tenia su lógica, ya que si yo tuviera la obligación de cumplir las ordenes de lord William, lo haría. Solo con imaginarme el castigo que les espera a los que las incumplen… ¡se me ponen los pelos de punta!
Lo único que no entendía, era… ¿A quien se le ocurre ser ayudante de lord William?
¿Por qué Albert lo era? Supongo… que debía de haber alguna solución lógica, y yo, me iba a ocupar de averiguarla.
Me dispuse a entrar, y me percaté de que aun llevaba su sudadera. Tenía la intención de quitármela para devolvérsela cuando me frenó.
-Quédatela. Ya te dije antes que ahí dentro hace mucho mas frío que aquí.- Se dio cuenta con la forma en que le miraba, y respondió- Tranquila, tengo muchas más. Además, muy pocas veces tengo frío. Ahora lo importante es que tú no mueras congelada.-exclamó para mi sorpresa. ¿Por qué se comporta como si se preocupara de mí? ¿Porque a veces es tan amable, y después, cambia como si nada? Aquellas dos preguntas no dejaban de formularse en mi mente, y debía encontrarles solución.
-Bueno… Pero en cuanto pueda, te la devuelvo.- Me sonrió.- Aunque… Será dentro de bastante tiempo… -suspiré entristecida.
-Quien sabe… A lo mejor no es tanto como tú crees.- susurró. Le miré, extrañada. No entendía lo que acababa de decir. No me dio tiempo a preguntar, ya que seguido exclamó- Entra, tengo que cerrar la puerta…
Sin más remedio, entré. Cerró la puerta a mis espaldas. Me dí la vuelta, y me asomé por la diminuta ventana.
-¿A dónde vas?- pregunté cuando vi que se marchaba.
-Me marcho, Ya he cumplido con mí deber… -y se fue, desapareciendo en la oscuridad del pasillo.
Era extraño. Yo pensaba que se quedaría allí, de vigilancia…
No le di importancia, y me dispuse a observar la habitación en la que me encontraba.
Era pequeña, y olía a humedad. Estaba sucia, muy sucia, y de cada esquina surgía una telaraña.
En la parte derecha de la habitación, yacía una cama metálica, sin almohada. Tenia una pinta impresionable de ser incomoda.
En la pared de la izquierda, se encontraba una minúscula ventana que daba al exterior. Una fina gama de luz nocturna se filtraba por ella iluminando una pequeña parte de la habitación.
Debajo de la minúscula ventana, yacía una puerta entreabierta, y en el interior de ésta, se podía observar un oxidado retrete metálico.
Suspiré, y me dirigí hacia la cama. Era lo único de la habitación que se encontraba en buen estado, por así decirlo…
Me tumbé en ella, y cerré los ojos. Eran las 11:00, y estaba muy cansada.
Ya buscaría mañana alguna solución para escapar de allí. Ahora, lo único que quería era descansar, así mañana, estaría con fuerzas suficientes para todo lo que me esperaba.
Me acurruqué, y dejé de pensar.
Al minuto me quedé dormida, con aquel acogedor olor que desprendía la sudadera de Albert…

capitulo 16, ¡no me lo puedo creer!

El viaje se me hizo eterno. Tardamos unos 20 minutos en llegar a Lorhmania. Miré mi reloj. Las 8:30. Eran las 8:30. “Espero que Layla se de cuenta de que no aparezco, y avise a mi madre. Ella sabrá como rescatarme...” Pensé tristemente. Por lo menos, una pequeña esperanza, yacía dentro de mí, pero que muy pronto, se esfumaría.
-Venga niña. Bájate, que ya hemos llegado.- grito Smith, sacándome del trance.
Me empujaron hacia fuera con fuerza provocando que mis piernas fallaran y cayera al suelo. Me hice un rasguño en la rodilla, del que comenzó a brotar sangre.
Gemí.
-Vamos, empieza a andar.- dijo Smith en tono enfurecido, volviendo a empujar de mí.
Volví a gemir.
-Deja de hacer ese estúpido ruidito.
-Ehhh Smith, ¿no crees que es por culpa del pañuelo? Quiero decir… que no puede decir nada mas…-aclaró Christopher.-creo que deberíamos quitárselo…
Smith dudó, pero al final accedió y me bajo el pañuelo dejando mi boca al aire libre.
-Por fin.- Suspiré.
-Si, si.- respondió.- pero como hables más de la cuenta, o digas alguna de tus estupideces, te lo vuelo a poner.
-De acuerdo…
-¡Vamos! ¿No puedes andar a más velocidad o que?- me cortó
-Si… pero es que, ¡me duele la rodilla!- me quejé
-¿A si? Ya lo siento, pero, ¡no es mi problema!
-¿Cómo? ¡Me he caído por tu culpa!- grité enfurecida.
Se me acercó.
-Mira, como vuelvas a gritarme, te vuelvo a poner el pañuelo y- dijo señalando su cuchillo.- ¡te corto la lengua!- dijo en tono amenazante.
-¡No puedes hacerme daño! Tú mismo lo dijiste en el auto. Dijiste que Lord William me quería viva…
-¡Cállate! Me gritó.- Me da igual lo que dijera, yo que tú no me tentaría, puedes llegar a lamentarlo.
Decidí que callarme seria lo mejor.
Después de andar un rato nos detuvimos delante de un río.
Estaba todo demasiado oscuro, pero a pesar de eso, pude ver que nos encontrábamos frente a un enorme palacio.
Nos dirigimos hacia el puente que llevaba directo al palacio atravesando el río.
Smith golpeó la puerta, y acto seguido, se abrió.
Un hombre mayor y vestido de un azul muy oscuro se encontraba tras ella.
-Pasen- dijo en un tono muy siniestro que produjo que los pelos del brazo se me erizaran.
Comenzamos a caminar por un enorme pasillo de paredes rojas y negras decoradas con enormes cuadros.
Smith y Christopher se detuvieron frente a una puerta de mármol, y después entraron.
Nos encontrábamos en un comedor. En el centro de éste yacía una enorme mesa. Observé que al final del comedor se encontraba otra puerta. Una puerta algo diferente a la que acabábamos de cruzar. Era grande, de color beige, y con una extraña forma. Nos dirigimos hacia ella.
Smith, que iba delante, se lo pensó un poco, pero después, la abrió, dejando al descubierto una sala con un enorme pasillo decorado con una larga alfombra roja que llevaba hacia unas 4 escaleras. En lo alto de aquellas escaleras, se encontraba una especie de trono. El trono de mi sueño.
Al lado de éste se encontraban dos personas de pie.
La sala estaba muy iluminada. Demasiado, ya que la luz me cegaba.
Antes de comenzar a andar, les pedí por favor, que me quitaran la cuerda que ataba mis manos. Ya no la necesitaba, no les iba a hacer nada, ni tenia la intención de escapar, ya que sabía a la perfección que no serviría de nada.
Aceptaron mi propuesta, dejando por fin mis manos libres.
Me las acaricié. Las tenía doloridas, y alrededor de las ellas se encontraba una fina línea roja, señal de que mis manos habían sido atadas a presión con una cuerda.
Me empujaron hacia delante, y a medida que nos acercábamos pude observar que un hombre de mediana edad, con cabellos blancos y con una barba blanca y larga, se encontraba sentado en él. Lord William. Aquel era lord William.
Mi corazón comenzó a palpitar muy rápido. Sentí que un escalofrío recorría todo mi cuerpo. Comencé a temblar. Estaba asustada.
Smith y Christopher se detuvieron, y me empujaron, provocando que me cayera y me quedara de rodillas. Intente levantarme y ponerme de nuevo en pie, pero Christopher no me dejo. Me dio a entender, que debía quedarme como estaba, en forma de reverencia hacia lord William.
-Señor, aquí esta Annie, como usted nos mandó.- dijo Smith dirigiéndose hacia él.
-De acuerdo, muy bien. Podéis marcharos.- dijo éste señalando la salida.
-Gracias señor.- y se fueron.
Me giré, y los vi marchar. Había querido deshacerme de esos dos payasos todo el tiempo, pero ahora, en cambio, quería que se quedaran aquí, con migo. De algún modo, temía quedarme sola con lord William. A pesar de aquellas dos personas que yacían a su lado, ya que estaban tan inmóviles, que parecían simples estatuas.
Me puse en pie, y le miré. No dijo nada, simplemente, se dispuso a mirarme. Vi que posó su mirada en mi colgante. Acto seguido, puse mi mano en él, tapándolo, para que alejara su vista de allí.
-Asíque tu eres Annie.- respondió al fin. No le contesté. – Eres completamente diferente a tú madre. Parece mentira que seas su hija.
-Bueno, pues lo soy.- respondí bordemente.
-Ey, ey, ey. Ese carácter muchachita.
-Déjame ir. Yo no tengo nada que hacer aquí.- le contesté con el mismo tono, ignorando lo que acababa de decirme.
-Estás muy equivocada.- dijo mientras señalaba mi colgante.- dámelo, y te dejaré marchar…
-¡Nunca! –Le grité- Nunca conseguirás esto.- una pequeña lágrima recorrió mi mejilla. A pesar de que intentaba parecer valiente delante de él, no se me daba demasiado bien. Estaba muy asustada.
-Eso ya lo veremos- respondió. – Albert llévatela, y enciérrala en las celdas subterráneas. Se quedará allí, hasta que decida darme el colgante, y explicarme su funcionamiento.
¿Qué? No, no ¡no! ¡No podía ser! Toda esperanza de poder salir de allí, se había esfumado. Solo tenia dos opciones, pudrirme en aquellas celdas, o entregarle el colgante y salir de allí, si es que me dejaba salir claro. Pero no podía hacerlo, no podía dárselo.
Un mar de dudas recorría mi mente.
-¡Vamos Albert! Muévete.- gritó sacándome del trance y provocando que posara mi mirada en Albert, un chico de unos 17 años, alto delgado, de tez pálida y de cabellos oscuros y ondulados. Me resultó completamente familiar. En cuanto posó sus ojos en los míos lo supe. Aquellos perfectos ojos que brillaban de una forma mágica eran inconfundibles. Si, aquel chico era el chico con el que me encontré en el parque.
Aquel chico con el que tantas ganas tenía de encontrarme de nuevo.
Unas enormes e imparables ganas de llorar recorrieron mi cuerpo. Estaba angustiada, horrorizada. Hasta hace nada, creía que lo peor que me había sucedido, era encontrarme aquí, que me hubieran atrapado. Sin embargo, en cuanto vi a Albert, cambié de opinión. No había peor cosa, que enterarme de que aquel chico del que me había enamorado, era uno de los ayudantes de lord William, uno de los malos, de los que me querían hacer daño, el que tenia la orden de encarcelarme, y no dejarme salir hasta que entregara mi colgante, y con él, todo mi poder.

martes, 16 de noviembre de 2010

Capitulo 15, atrapada

-¡Soltadme!- les grité.
Comenzaron a reírse.
-¿Quiénes sois? ¿Que queréis de mi?- pregunté un poco asustada.
-Muchas preguntas a la vez.- respondió el hombre de pelo negro y corto, que iba armado con una especie de cuchillo que brillaba bajo el tenebroso callejón. Intenté soltarme, escapar, pero me tenían agarrada, y con las manos atadas.
 – Lord William estará muy orgulloso de nosotros.- dijo el otro hombre, que era mucho mas viejo.
-Lord… Lord… ¿William?-pregunté extrañada.
-Si niña, has escuchado bien, y por favor, deja de hacernos preguntas estúpidas.- respondió antipáticamente el hombre del cuchillo.
-Estúpidos sois vosotros.- susurré. Me escucharon.
-¿Qué ACABAS DE LLAMARNOS?-gritó el que poseía el cuchillo, mientras se abalanzaba hacia mí, colocándomelo al ras del cuello.
-Nada.- respondí.- por favor, ¿podrías apartar eso de mi cuello? Me estas haciendo daño.- dije con tono repulsivo.
-Joder con la niñita. Que carácter tiene. -Respondió el más viejo.
-Mas del que te podrías imaginar, y como me vuelvas a llamar niña, te enteras.- respondí lanzándole una mirada fulminante.-estúpido…- susurré.
-Mira niña, ya me has cansado. –Respondió el hombre del arma.- Cristopher ponle un pañuelo en la boca, no quiero seguir escuchando sus bobadas.-dijo dirigiéndose al hombre mas viejo.
-Bueno, bueno. Está hablando el hombre más inteligente y apuesto del mundo.- le respondí con sarcasmo.
Me gruñó. Y apretó con más fuerza el cuchillo contra mi garganta, provocando que una fina línea de sangre apareciera por ella manchando mi vestido.
-¡Vamos Cristopher! A que esperas. No aguantó más a esta mocosa.
-De acuerdo Smith.-respondió el tal Cristopher.
Vi que se aproximaba hacia mí, dispuesto a colocarme un asqueroso pañuelo en la boca. Sin pensarlo, le mordí en la muñeca, pero no sirvió de nada, ya que, después de gritar, maldecirme y decir mil vulgaridades, me colocó el pañuelo.
Intenté hablar, gritar, pedir ayuda pero de mi boca no salieron más que 3 simples gemidos.
Cristopher y Smith comenzaron a reírse. Me encontraba completamente indefensa. Me sentía inútil, sin poder hacer nada para escapar de aquellos horribles hombres.
Dios, porque tenia que pasarme esto a mí. Yo que iba a pasar uno de los mejores sábados de mi vida, y vienen estos estúpidos, a fastidiármelo todo.
-Vamos niña, que no vamos a pasarnos en ésta callejuela toda la vida.-dijo Smith empujando de mí para que comenzara a caminar.
No tuve más remedio que hacerle caso. Estuvimos andando durante 10 minutos, hasta que se detuvieron, frente a una carretera, en la que estaba aparcado un siniestro coche negro.
-Venga, entra dentro.-me gritó Christopher.
Gemí. No podía hacer otra cosa, ya que el pañuelo que tapaba mi boca, solo me dejaba procesar aquel ridículo ruidito.
Me agarró por el cuello empujándome hacia el interior del auto.
Dentro de éste se encontraba una señora mayor trajeada y de cabellos oscuros como el carbón. No se giró, ni se inmutó, simplemente se dispuso a mirar atentamente por el cristal.
Smith se sentó en la parte del copiloto, y por desgracia, Christopher se sentó en la parte trasera, a mi lado. Era un hombre completamente repulsivo. Vi con la forma que miraba mis desnudas piernas, incluso me percaté, que tenia la intención de ponerme sus asquerosas manos encima. Le lancé una mirada fulminante, con la esperanza de que parara, ya que por culpa del pañuelo no le podía gritar ni decir nada. Hizo caso omiso de mi mirada, y siguió a lo suyo. Yo comenzaba a asustarme. Posó su mano en mi rodilla, y a continuación, se dispuso a subirla lentamente hacia arriba. Cerré mis piernas de golpe, pero aun así, él siguió. Justo cuando tenia intención de tocar mi muslo derecho, Smith le gritó, ya que se había percatado de lo estaba haciendo.
-Deja de hacer tonterías  Christopher. No podemos hacer daño a la chica, Lord William solo nos pidió que se la lleváramos. ¡Nada más!- le dijo Smith.
-Bueno…- dijo avergonzado.- yo no le iba a hacer daño.
-Pero tenías intención de hacer otras cosas. No puedes ponerle la mano encima, ¿me has oído?- le respondió éste.
-Si…
-Cerdo…- intenté pronunciar, pero por culpa del pañuelo, solo salió un simple y ridículo gemido de mi boca.
¿Cuando narices me quitaran este asqueroso pañuelo? Pensé de mala gana.
No podía creer que esto me estuviera pasando a mí.
¿Y si es un sueño? Pensé esperanzada, pero acto seguido, aquella esperanza se esfumó sin dejar rastro. El corte de mi cuello, los hombres, el auto… era todo demasiado real, imposible de ser un sueño. 

Capitulo 14

Nos dirigimos hacia el probador tras coger el vestido.
No tardé nada en probármelo y en cuanto salí, Layla comenzó a gritar emocionada.
-Ehh Layla, por favor, no grites, me estas poniendo en evidencia.- dije avergonzada. Esta chica no tiene remedio…
-Bueno bueno, no es para tanto. ¡Además, es que el vestido te queda perfecto! Es como si estuviera hecho a tu medida.
Me miré en el espejo, y tenia toda la razón. No es por echarme flores ni nada, pero es que, me quedaba genial. No me lo pensé ni dos minutos, y me lo compré, además, era bastante barato.
Fui hacia el mostrador, y me quede perpleja cuando vi a la dependienta.
-Annie, ¿te sucede algo?- me pregunto Layla, que se había percatado de mi reacción.
- No… quiero decir… si… no se… allí… mira…- dije sin poder articular palabra. Le señale el mostrador, y cundo se dio cuenta de lo que me atemorizaba, comenzó a reírse.
Yo no le veía la gracia. Me di cuenta de que estaba temblando…
-Annie, que tonta eres jajaj. Simplemente es una dependienta normal y corriente. – respondió ella para mi sorpresa.
-¿Normal y corriente? Es todo lo que tú quieras, menos normal y corriente.-le repliqué molesta.
-Aquí, todas las dependientas son así. Lo siento, pero es que no me esperaba que reaccionaras así….- dijo disculpándose.
-Ya bueno, tendré que empezar a acostumbrarme a todo esto…
Me acerqué hacia la “dependienta”, y le dí el vestido para que me lo cobrara.
La observe, muy atentamente. Tenia una tez muy pálida, de color azul cielo, unas orejas puntiagudas, y un pelo fucsia que le sobrepasaba la cintura.
Le miré a los ojos, y me quede alucinada. Nunca había visto uno ojos así. Eran, negros. Completamente negros, sin pupila, sin lo blanco que las personas tenemos. Eran unos ojos sin luz, sin vida, sin expresión. Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.
En cuando me cobró, salí corriendo. Me sorprendió mi reacción.
-Ey Annie, ¡espérame! – gritó Layla, que venia corriendo hacia mí.
-Lo… lo siento, es que aquella mujer, por así llamarla, era tan… siniestra…
-Veras, es que son una mezcla entre ninfas de la oscuridad y brujas, llamadas Nymph-Wrachs. Pero no te preocupes, son realmente inofensivas.
 -Bueno… si tú lo dices. - le respondí. No estaba tan segura de ello.
-Cambiemos de tema. Veamos, ahora solo nos queda un bolso y unos zapatos negros a juego.- me dijo.
-Bolso ya tengo en casa…
-De acuerdo, venga, vamos a por los zapatos. Sé una tienda que venden unos preciosos.
-Vale.- dije no muy convencida. No tenía muchas ganas de encontrarme con otra Nymph o como se llame.
Pasé del tema, haciendo caso a lo que me dijo Layla sobre que eran inofensivas.
Me compré unos zapatos con taconazo, negros y azules. Muy bonitos.
Cenamos allí, y después nos fuimos a casa.
Llegué muy emocionada, y le enseñé a mi madre el vestido y los zapatos. Le encantaron.
Me fui a la cama, y me dormí, soñando con el apasionante sábado que me esperaba.
Me desperté sobre la 1:00 del mediodía. Estaba muy nerviosa. Había quedado con Layla a las 8 de la tarde en la puerta de la discoteca, ya que su madre no podía venir a buscarme.
-Ohh dios, dios ¡dios! Ya son las 7:15, y todavía tengo que maquillarme.- grité alterada.
-Annie, relájate cariño, todavía tienes 15 minutos, además, tampoco tienes porque ir perfecta…- dijo mi madre para tranquilizarme.
-¡Si que tengo que ir perfecta!- le respondí.
Me fui corriendo al baño, y comencé a maquillarme. Me eché unos pocos polvos, para tapar unos granitos que tenia, después me hice la raya del ojo, y me eché rimel.
-¡PERFECTA! –grité mirándome al espejo. Layla tenia razón, el vestido me quedaba perfecto. Debía admitirlo, ¡oí estaba guapísima!
-Mamá me marcho.- le dije mientras cogía mi móvil y lo metía en el bolso.
-Vale. Pásalo bien. ¡Y no llegues tarde!
-Que no mamá. Me lo has dicho ya cincuenta veces. Venga, adiós.
Y cerré la puerta a mi espalda.
Las 7:45, ya eran las 7:45 y todavía tenia que coger el autobús, que estaba en la otra punta del pueblo.
-Relájate Annie. No pasa nada porque llegues 5 minutos tarde.- dije para tranquilizarme. Pero no podía, estaba muy nerviosa. Quería llegar cuanto antes.
Comencé a andar hacia la parada del autobús, ya había anochecido y había muy poca gente en la calle.
Me dirigí hacia un callejón, que llevaba directo hacía la parada. Estaba oscuro, muy oscuro, y derepente, escuché pasos detrás mío.
Me giré, con la intención descubrir que era lo que provocaba aquellos ruidos, pero no vi nada ni a nadie.
Me quede inmóvil a escuchar, durante 5 segundos. Cesaron. Los pasos cesaron. Comencé a andar, y otra vez los escuché, cada vez mas cerca.
Tenía la intención de echar a correr, justo cuando alguien me agarró del brazo.
-Por fin tenemos a la chica. – exclamó un hombre en voz alta.
Pink Moustache